LA DIVISION FANTASMA , LOS QUE ESTUVIERON CUANDO HACIA FALTA

DIVISIÓN FANTASMA: LOS QUE ESTUVIERON CUANDO HACÍA FALTA (Por Aitor Etxeberria)



El tiempo cura, endurece y enseña. Modifica nuestra percepción de las personas y afina esa inteligencia emocional que termina funcionando como un detector: permite saber quién está cuando hace falta, quién se compromete y quién permanece agazapado esperando el momento oportuno para medrar a costa del trabajo ajeno.
Las elecciones al Parlamento Vasco de 2020 fueron duras... Muy duras. Un pequeño grupo de jeltzales (menos de diez) pusimos en marcha un Equipo de trabajo, coordinado de manera informal, para activar las redes sociales: Facebook (ahora Meta), WhatsApp, Instagram y Twitter (ahora X). Todos los días. Con constancia, disciplina y organización. Respondíamos, argumentábamos y combatíamos la propaganda política contraria a EAJ-PNV. Militantes con distinta formación digital, pero con una misma determinación: Defender nuestro proyecto político. Fue una labor ingente y completamente desinteresada.

Nuestro grupo terminó siendo detectado por nuestros adversarios. Nos atribuían una estructura, unos medios y una capacidad operativa que jamás tuvimos. Llegaron a considerarnos una especie de "División Fantasma". La realidad era mucho más sencilla: Menos de diez personas, sin medios especiales, sin estructura oficial y sin recursos. Solo nuestros teléfonos, nuestro conocimiento y muchas horas de trabajo. Aquella pequeña fuerza informal consiguió algo que las estructuras oficiales parecían incapaces de comprender: Tener presencia permanente allí donde se estaba librando una parte creciente de la batalla política. "Nunca tantos debieron tanto a tan pocos", cita es de Churchill, cuya comparación resulta, naturalmente, desproporcionada, pero describe bien una sensación.

Lo que vino después resulta aún más significativo. Aquel grupo anónimo, paralelo a las estructuras oficiales y, en ocasiones, obligado a actuar bajo bandera falsa para evitar problemas, no recibió el menor reconocimiento del aparato. Ni una palabra. Ni un gesto. El problema no fue la falta de gratitud personal. El problema fue político: Revelaba una concepción de Partido en la que la Militancia sirve para trabajar, pero no necesariamente para ser escuchada; en la que las estructuras pueden vivir de espalda a quienes sostienen el esfuerzo cotidiano; en la que algunos dirigentes parecen considerar que el éxito electoral pertenece al aparato y no también a quienes se dejan la piel para conseguirlo.

Y aquí aparece una cuestión todavía más profunda. Aquellos jerarcas que fueron transformando un movimiento nacional de masas en un partido de cuadros terminaron creando algo más preocupante: Un partido de cuadros mediocres, cada vez más alejado de aquella militancia que constituía su verdadera fuerza. Y, sin embargo, aquella noche exultaban como si la victoria les perteneciera en exclusiva.

Recuerdo aquella noche de victoria. EAJ-PNV había ganado y debería haber sido una noche de satisfacción. Para mí tuvo un sabor extraño: Habíamos trabajado durante semanas, recibido ataques, discutido argumentos, respondido provocaciones y defendido al Partido sin que nadie supiera quién estaba detrás de aquellas cuentas. Llegó la victoria y aparecieron las fotografías habituales: Los dirigentes en primera fila, los protagonistas oficiales, la celebración institucional... Los que habíamos trabajado en silencio volvimos a ser invisibles. Aquellos que apenas habían participado en la batalla se mostraban como paladines de la misma.

Aquel contraste dejó una herida política difícil de olvidar. No buscábamos medallas. Buscábamos sentir que formábamos parte de un proyecto que también nos consideraba parte de él. Con el paso de los años, aquella sensación se transformó en otra más amarga: La de haber podido ser tontos útiles de una maquinaria política demasiado ocupada en sus propias carreras y poco preocupada por conservar la ilusión de su Militancia.

No es una acusación personal. Es una crítica a una forma de hacer política. Una organización que pierde el contacto con sus bases empieza a perder algo más importante que votos: Legitimidad interna, entusiasmo y capacidad de movilización. Los síntomas están ahí: La abstención crece, la Militancia se enfría y el entusiasmo desaparece. Algunos empiezan a preguntarse por qué deberían seguir trabajando por una organización que apenas parece acordarse de ellos más que cuando llegan las elecciones.

Un movimiento nacional de masas no puede convertirse en una estructura de cargos. No puede pretender que la Militancia sea infantería electoral mientras las decisiones, el reconocimiento y el protagonismo permanecen siempre en las mismas manos. El desencanto también vota. Y en muchas ocasiones, simplemente, deja de votar.

Quizá por eso aquella noche de victoria me resultó tan triste. Con el tiempo he aprendido que no todas las victorias son motivo de orgullo. Hay victorias que, años después, te obligan a formular una pregunta mucho más incómoda: ¿Mereció realmente la pena?


AITOR ETXEBERRIA 


Entradas populares de este blog

EL PNV ANTE EL MUNDIAL: DIEZ ERRORES QUE PUEDEN SER AUTOLÍTICOS

IRAN ANTE EL DERECHO INTERNACIONAL , EL FIN DE LA IMPUNIDAD

BURKA y NIQAB , DISONACIA Y COBARDIA