PASAPORTE ESPAÑOL PARA BLANQUEAR UNA TRAICION


Pasaporte español para blanquear una traición
Por Jon de Urbia
Hay decisiones políticas que, por el momento en que se adoptan, obligan a preguntarse qué hay detrás de ellas.
El Congreso acaba de aprobar la nacionalidad española para los saharauis nacidos bajo administración española y sus descendientes. Se presenta como una reparación histórica.
Pero cuesta aceptar semejante relato viniendo de un Gobierno que en 2022 abandonó la posición histórica española sobre el Sáhara y respaldó la propuesta marroquí de autonomía. Ahora, después de años de polémicas, sospechas y numerosos casos de presunta corrupción que han deteriorado gravemente la credibilidad del Ejecutivo, aparece una medida destinada a presentarse como reparación hacia el mismo pueblo cuya causa política España ha debilitado.
Demasiada casualidad.
La nacionalidad de los saharauis es saharaui. España tuvo responsabilidades históricas con aquel territorio y con su población. Eso no significa que, cincuenta años después, aquella antigua condición administrativa pueda utilizarse para sustituir la cuestión nacional saharaui por un pasaporte español.
El argumento histórico es tan débil que bastaría trasladarlo a otro escenario: Cuba o Filipinas fueron españolas hace 150 años. ¿Alguien consideraría hoy que sus habitantes deberían recibir la nacionalidad española como compensación histórica?
La nacionalidad puede resolver una situación individual. No resuelve el derecho de un pueblo.
Y aquí aparece el error del EAJ-PNV.
Un partido nacionalista debería comprenderlo mejor que nadie. Imaginemos que Euzkadi fuese invadida y ocupada durante décadas por una potencia extranjera. Cincuenta años después, alguien ofreciera a los vascos recuperar la nacionalidad española como compensación por haber sido españoles antes de la invasión.
¿Nos sentiríamos satisfechos?
¿Consideraríamos aquello una reparación nacional?
Sería una estupidez. Un pasaporte no sustituiría jamás el derecho de los vascos a decidir su propio futuro.
Pues exactamente la misma lógica debería aplicarse al Sáhara.
Y mientras se aprueba esta supuesta reparación histórica, Marruecos sigue siendo el interlocutor privilegiado de Madrid. Resulta difícil no preguntarse si, en el fondo, la operación no termina siendo mucho más cómoda para Rabat: una parte de la cuestión saharaui se convierte en un problema de nacionalidad española y deja de plantearse como lo que realmente es, una cuestión nacional pendiente de resolución.
Todo esto ocurre, además, después de la gravísima crisis de Ceuta. La documentación conocida recientemente confirma que el CNI había detectado convocatorias en redes sociales antes de la entrada masiva de julio y que existen discrepancias sobre cómo se transmitió y gestionó aquella información; una jueza de la Audiencia Nacional ha abierto una causa sobre lo ocurrido.
La combinación resulta inquietante: un Gobierno cuestionado por su gestión, golpeado por sucesivos escándalos y sospechas de corrupción, una política exterior cada vez más acomodada a Rabat y una respuesta todavía pendiente de explicación ante una crisis fronteriza de extraordinaria gravedad.
Y en medio de todo ello, el PNV decide colaborar en una operación que puede confundirse fácilmente con una reparación, cuando debería exigir algo mucho más sencillo: respeto al derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro.
Los nacionalistas vascos sabemos perfectamente que una nación no desaparece porque otro Estado entregue sus pasaportes.
Precisamente por eso resulta incomprensible ayudar a convertir el problema saharaui en un simple expediente de nacionalidad.
España no necesita blanquear su política hacia el Sáhara. Necesita rectificarla. Y el PNV debería estar del lado de un pueblo que reclama lo mismo que nosotros hemos reclamado históricamente: que nadie decida por una nación.


JON DE URBIA 

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